martes, 8 de diciembre de 2020

AQUELLAS CARTAS




Un día se sentó y decidió escribirle,

pero había pasado tanto tiempo,

que hasta el alma más sensible,

olvida lo vivido cuando hay dolor,

y siente que es invisible, que nadie la ve.


Se armó de valor y miró al folio en blanco,

y se dijo a sí misma porque no,

ya han pasado tantas lunas y tantos soles,

que quizás en esta madrugada comparta mi sueño,

y ambos soñemos lo mismo.


Empezó aquella carta con un hola,

quizás ya no te acuerdes de mi,

pero yo jamás he dejado de pensar,

de pensar en ti y en aquel año mágico,

en que la magia de dos almas volaban en libertad,

haciendo un solo cuerpo fundiendo el tuyo y el mio.


Hoy me recuerdo fundida en tu mirada,

y en un salto hacia el vació columpiandome en tus brazos,

sin miedo a nada, ni al tiempo, ni a la vida,

y confiando en ti y tu en mi, nos entregamos el corazón,

dejando la ropa tirada en el suelo de una habitación.


Y pasaron los días con prisa,

y aquel verano en que soñamos juntos terminó,

y la distancia puso muros entre nosotros en forma de kilómetros,

congelando para siempre el amor,

y desde entonces solo vives en mis sueños.


Termino de escribir la carta y la guardó en un cajón,

el mismo cajón donde guardaba miles de cartas para el,

e imagino que un día las leería sin prisa mirándola a los ojos,

y volvería abrazarla como la primera vez,

y ya no se separarían jamás, estarían juntos toda la eternidad,

estarían juntos por siempre y para siempre.


Un día de verano su cuerpo se rindió y se entregó a la señora de la guadaña,

sin saber que él ya se había entregado el mismo año en que se juraron amor,

ella al dejar de recibir cartas suyas pensó que la había dejado de amar,

y cerró su corazón por orgullo y dolor,

pero siempre esperó mientras su piel se llenó de arrugas,

y su pelo se lleno de escarcha blanca como la nieve,

a que el regresará a buscarla.




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