Porque, si hoy tengo tantas cosas con las que muchos sueñan, ¿por qué todavía no soy feliz?
Tengo un trabajo digno, una casa, un coche, dinero y personas que me quieren. Y, sin embargo, hay algo dentro de mí que sigue incompleto, un vacío que me hace sentir solo incluso cuando no lo estoy.
Las personas luchamos por conseguir cosas materiales. En el camino, muchas veces nos volvemos egoístas, mentirosos, mezquinos y cobardes, sin darnos cuenta de que la vida pasa, de que cada segundo nos acerca al final y de que nada de lo material nos llevaremos cuando nos marchemos de este mundo.
Si hay algo que realmente merece la pena en esta vida, es el amor que nace del corazón; ese amor puro y sincero que nos impulsa a hacer cosas que jamás haríamos en otras circunstancias.
A veces nos cegamos, creemos tener siempre la razón y culpamos a los demás de nuestras desgracias y de nuestros errores. Pensamos que son los otros quienes se equivocan, sin detenernos a mirar dentro de nosotros mismos.
Quizá deberíamos aprender a reflexionar, mirarnos al espejo del alma y comprender que, tal vez, no sean los demás los culpables de todo lo que nos sucede.
Cada uno dirige su propia vida y es responsable de las decisiones que toma, de los caminos que elige y de las consecuencias que debe afrontar.
A veces nos empeñamos en luchar por cosas que nunca llegarán a existir, en perseguir sentimientos que no son correspondidos y en mantener viva una esperanza que solo nos causa dolor.
Podemos querer muchísimo a alguien, pero no podemos exigirle que nos quiera de la misma manera. El amor no se impone, no se mendiga ni se obliga. Nace libremente o, sencillamente, no nace.
Y quizá el hecho de que esa persona no nos quiera como nosotros la queremos sea la señal de que no es quien debe compartir nuestro camino.
Otras veces, el miedo a la soledad, a lo desconocido y a no encontrar a la persona adecuada nos paraliza. Nos aferramos a lo que tenemos por temor a perderlo, sin comprender que, en ocasiones, soltar también es una forma de empezar a vivir.
Soñamos con amar y ser amados de la misma manera, con construir una familia cimentada en el amor, el respeto, la fidelidad y la humildad. Soñamos con un hogar donde la paz no sea una excepción, donde las palabras acaricien y donde los abrazos nos recuerden que, a pesar de todo, todavía merece la pena creer en el amor.
Aspiramos a ser felices en un mundo que parece volverse cada vez más cruel, un mundo que poco a poco olvida el valor más importante de todos, ese que debería moverlo todo: **EL AMOR.**
Cada vez nos queremos menos, nos respetamos menos y nos valoramos menos. Y eso es precisamente lo que transmitimos a quienes nos rodean. Así, poco a poco, terminamos destruyendo aquello que tanto nos cuesta construir: los sentimientos, la confianza, las relaciones y los pequeños momentos que dan sentido a nuestra existencia.
Nos pasamos la vida buscando la felicidad, complicándonos el camino, persiguiendo metas y acumulando cosas, convencidos de que algún día, cuando tengamos todo lo que deseamos, por fin seremos felices.
Pero quizá la felicidad no consista en tener más, sino en necesitar menos; no en poseerlo todo, sino en aprender a valorar lo que tenemos; no en buscar fuera las respuestas, sino en atrevernos a mirar dentro de nosotros mismos.
Porque, a veces, la felicidad está mucho más cerca de lo que imaginamos. Está en la tranquilidad de nuestra conciencia, en la sinceridad de una mirada, en un abrazo que llega en el momento oportuno, en la compañía de quien nos quiere de verdad y en la libertad de poder acostarnos cada noche siendo fieles a nosotros mismos.
Quizá solo necesitamos aprender a respetarnos, querernos y valorarnos; ser fieles a nuestros principios, actuar con sinceridad y humildad, dejar de aparentar lo que no somos y comenzar a vivir de acuerdo con lo que realmente sentimos.
Aprender a perdonar, a soltar lo que nos hace daño, a aceptar lo que no podemos cambiar y a disfrutar de este presente que, aunque muchas veces no lo comprendamos, es el único tiempo que verdaderamente nos pertenece.
Porque la vida no espera a que resolvamos todas nuestras dudas, ni detiene su marcha hasta que encontremos todas las respuestas.
La vida sucede ahora, mientras esperamos, mientras soñamos, mientras amamos y mientras aprendemos a comprendernos.
Y quizá, al final, la felicidad no sea un destino al que debamos llegar, sino una manera de recorrer el camino.
**VIVE COMO SI FUERAS A MORIR MAÑANA.**
**APRENDE COMO SI FUERAS A VIVIR SIEMPRE.**

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